Ángeles Parra

Lo BIO no es una moda

Desde hace tiempo transita por nuestro mundo moderno una nueva tribu urbana: los bioescépticos, dícese de aquellos humanos que no se creen o mejor dicho no creen en nada que ponga en duda su “comodidad”, su modo de consumo, su manera de ver las cosas por lo “aprendido”…

Los productos ecológicos, es decir, los producidos sin la intermediación de ningún producto químico-sintético, son los únicos que merecen ser llamados alimentos. Son los genuinos, los que nos acercan todos los ingredientes para una dieta sana y saludable, los que protegen nuestro medio ambiente, los que fertilizan la tierra, los que se relacionan de una manera natural con nuestro medio natural… Por otra parte, en los tiempos que corren, son también los que ayudan a diversificar la economía, a crear puestos de trabajo, a recuperar nuestro patrimonio genético y cultural, en fin qué se puede pedir más… que además estén de moda… ¿en serio?

Según mi buen amigo, el científico Nicolás Olea “la moda es el mejor sinónimo del reciente término de obsolescencia programada” (la determinación o programación del fin de la vida útil de un producto, de modo que, tras un período de tiempo calculado de antemano por el fabricante o por la empresa durante la fase de diseño del mismo, este se torne obsoleto, no funcional, inútil).

Cosas muy serias

Cuanta más información tengo y más (creo) conocer las tramas del mundo en el que vivimos, más me niego a utilizar el concepto moda (gusto, costumbre o uso, o conjunto de ellos, propios de un grupo, un período de tiempo o un lugar determinados) como argumento para nada, las modas como su propio nombre indica son algo pasajero… y ¿de verdad es pasajero comer bien, proteger nuestro medio ambiente, nuestra salud?


"Hablamos de cosas muy serias como para permitirnos quitarles importancia."


También ocurre que el consumo cada vez más generalizado de los alimentos ecológicos por parte de famosos o influencers, como se dice ahora, ha generado un efecto dominó que ha hecho aumentar el consumo, pero, sinceramente, prefiero creer que una parte de la sociedad se está concienciando. Lo demuestran también los estudios realizados hasta este momento en los que se corrobora que los principales consumidores de alimentos ecológicos son personas de entre 30-50 años con nivel sociocultural medio-alto, informados, comprometidos, que están dispuestos a plantarle cara a un sistema que reconocen cada vez más peligroso y devastador. Personas también con un sentido ético y solidario.

Categoría estratégica de la industria alimentaria

La industria alimentaria ha visto en el aumento del consumo ecológico una gran oportunidad. Para ellos no se trata de una moda, sino de una tendencia. Por tanto, la han convertido en una categoría estratégica para los operadores convencionales que toman posiciones en el sector eco; un proceso que ya es imparable. Las grandes marcas tienen ya casi todas su categoría “eco”; la gran distribución, sus lineales cada vez mayores e incluso sus propias marcas blancas. Es evidente que el nicho de mercado es cada vez mayor y que todos toman sus posiciones para poder atender el enorme crecimiento de la demanda. Esto, como todo en esta vida, tiene sus dos caras, y como yo misma comentaba a la agencia EFE hace ya un tiempo “hay que ser “estrategas” y mantener “un diálogo constante con las grandes empresas para que entiendan que el sector eco es diferente, con unos códigos éticos que no se pueden menospreciar”, y por ello es importante hacer un llamamiento a “tender puentes y acercar posturas”, porque “hay lugar para todos y hay que sumar”.

Alimentar a la población mundial

Por otra parte, cuando se habla de producción ecológica nos referimos a poder proveer de alimentos a la población mundial. Lo explica muy bien mi viejo amigo Claude Aubert, ingeniero agrónomo, uno de los grandes precursores de la agricultura biológica: “Para proveer de alimentos a la población mundial: ¿podría hacerse con los métodos de la agricultura química intensiva? Sin duda, pero no de manera sostenible. Porque, de todos modos, la agricultura convencional no es generalizable ni sostenible. Indudablemente, podría alimentar a 9 mil millones de terrícolas en 2050, siempre que todos puedan comprar sus productos, que son cada vez más caros a medida que aumenta el precio de la energía debido a la escasez de petróleo y gas natural. Y el día en que se agoten todas las reservas fósiles, la agricultura convencional, basada en nitrógeno sintético, que consume mucha energía, será imposible. Sin mencionar sus desastrosos impactos en la salud y el medio ambiente”.

Según la propia FAO, una de cada 9 personas sufre hambre en el mundo, y a esto se le añade que paralela y paradójicamente, se asiste a una preocupante epidemia de obesidad y sobrepeso: uno de cada ocho adultos –¡672 millones de personas!– son obesos. Se trata de un problema especialmente acuciante en América del Norte, pero, desafortunadamente, África y Asia siguen esa misma tendencia al alza. El hambre y la obesidad coexisten en muchos países e incluso pueden darse juntos dentro del mismo hogar provocado por la falta de acceso a alimentos nutritivos y al estrés de vivir con inseguridad alimentaria. Asimismo un grupo de investigadores del Instituto de Investigación de Agricultura Orgánica (FiBL) y la Escuela Politécnica Federal de Zúrich, consideran que la agricultura ecológica puede alimentar al mundo si se combina con otras acciones, como reducir la producción de ganado vacuno y el consumo de su carne, y reducir el desperdicio alimentario. Aseguran que de este modo es posible una conversión mundial hacia la agricultura ecológica y que esta puede contribuir a un sistema alimentario integral y sostenible, incluso bastaría con realizar unos cambios parciales para ello. También los relatores especiales para el derecho a la alimentación de Naciones Unidas, Olivier de Schutter y Hilal Elver, señalan sin ambigüedades la alta capacidad productiva de la agricultura campesina y ecológica, igual o superior, dependiendo del contexto, a la agricultura industrial. Al mismo tiempo, consideran que esta permite un mayor acceso a los alimentos por parte de los países empobrecidos apostando por una producción y una comercialización local y, además, con sus prácticas respeta, conserva y mantiene la naturaleza. Cada vez se sostiene menos el argumento de que la agricultura industrial es la más productiva y la única que puede dar de comer a la humanidad.


"Por tanto, en realidad, no solo la agricultura campesina y ecológica puede alimentar al mundo sino que es la única capaz de hacerlo."


Así es que, concluyendo, lo “bio” no es una moda pasajera. Es el fruto de reconocer lo mejor de nuestro pasado, de ponerlo en práctica, de estudiar y comprobar también mediante el método científico que la Naturaleza tiene razón: los alimentos ecológicos son los únicos que nos puede proveer de una buena calidad de vida en el presente y en el futuro. Y me gusta añadir que solo el amor podrá cambiar el mundo: el amor que ponemos en lo que hacemos, el aprender a ser agradecidos cuando comemos los sanos alimentos que trabajan sabias y humildes manos...•
Semana BIO 2020: del 17 al 25 de Octubre. Porque consumir productos ecológicos debería ser el resultado de la concienciación de sus enormes beneficios y de nuestro amor y respecto por el Planeta; no una consecuencia de las tendencias impuestas por la industria alimentaria.
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